Letters and Messages

Al Pueblo de Cuba (1957)

Sierra Maestra, Febrero 20 de 1957
Al Pueblo de Cuba

Desde la Sierra Maestra, a los ochenta días de campaña, escribo este manifiesto.  La tiranía, incapaz de vencer a la revolución por las armas, acudió a las mentiras más cobardes anunciando el exterminio del destacamento expedicionario y de mi propia persona.  Fuera de mi alcance los medios habituales de divulgación: prensa y radio; impedidos a su vez los reporteros de obtener información alguna; establecida luego la más rigurosa  censura que ha sufrido la República desde su fundación, no nos quedaba otro remedio que responder con hechos a las mentiras de la dictadura.  Y hoy, después de casi tres meses de inenarrables sacrificios y esfuerzos, podemos anunciar al país que el destacamento “exterminado” rompió el cerco de más de mil soldados entre Niquero y Pilón; que el destacamento “exterminado” atacó el baluarte de la Plata, obligándolo a rendirse después de 45 minutos de combate, el jueves 17 de Enero a las 2 y 40 de la madrugada; que el destacamento “exterminado” destrozó la columna del teniente Sánchez Mosquera en los altos de Palma Mocha, el martes 22 de Enero a las 12 del día; que el destacamento “exterminado” rompió el anillo que le tendieron tres compañías de tropas especiales al mando del Coronel Barrera, el 9 de Febrero, a las 3 y 15 de la tarde, en los altos de Espinosa; que el destacamento “exterminado”, nutridas sus filas, cada vez más numerosas, con campesinos de la Sierra Maestra, ha resistido valerosamente los reiterados ataques de la aviación y la artillería de montaña y se bate exitosamente, casi a diario, contra más de tres mil hombres que con todas las armas modernas: bazoocas, lanzacohetes, morteros y ametralladoras de varios tipos, en un esfuerzo desesperado e impotente han convertido  la Sierra Maestra en  un infierno donde el estallido de las bombas, el tableteo de las ametralladoras y el fuego de la fusilería se escucha incesantemente a lo largo de la cordillera.  Pero lo cierto es que el destacamento “exterminado” sigue en pie, y que ya no es un destacamento sino varios, los que están operando en la Sierra Maestra.  Más  de la mitad de las armas y el noventa por ciento de las balas con que combatimos, se las hemos arrebatado al adversario en lucha abierta.

A quienes van a exterminar es a las familias campesinas con el bombardeo indiscriminado de casas y poblados, con la quema de cientos de hogares, con el asesinato de eocenas de campesinos por sospecha de colaboración con los revolucionarios y la expulsión en masa de toda la población hacia las zonas aledañas de Manzanillo, Yara, Estrada Palma y Bayamo.  La odiosa  reconcentración de Weyler se está  repitiendo hoy en Cuba.  Para dar idea de la saña con que se aplica el terror y la muerte en la Sierra Maestra, baste decir que los más caracterizados jefes de operaciones son: por la policía marítima, el Capitán Playón, asesino del Capitán Arsenio Escalona; por la Marina de Guerra, el Teniente Laurent, asesino del Comandante Jorge Agostini; por el Ejército, el Comandante Joaquín Casillas, asesino de Jesús Menéndez.

Que el mando de las tropas esté confiado a esos hombres es una afrenta a las Fuerzas Armadas y la explicación más lógica de los reveses que ha sufrido.

La campaña de la Sierra Maestra ha servido para demostrar que la Dictadura, después de enviar a la zona de lucha sus mejores tropas y sus más modernas armas, es incapaz de aplastar la revolución, y frente a esa situación le impotencia cada día son más las armas  en nuestro poder, más los hombres que se unen a nosotros, mayor la experiencia de lucha, más extenso el campo de acción, más detallado el conocimiento del terreno y más absoluto el respaldo de los campesinos. Los soldados están hastiados de la agotadora, extenuante e inútil campaña.  Aunque al país se le oculte la verdad, cientos de soldados han sido arrestados por expresar su descontento.  Lo que  nosotros soportamos día tras día y meses tras meses de hambre, de lluvia, de esfuerzo y de sacrificios inspirados en un gran  ideal, sostenidos por la razón y la justicia de nuestra causa, no se puede soportar por el mísero sueldo de setenta pesos para defender la injusticia y la opresión.  Los hijos de Batista no vienen a las montañas, los hijos de Tabernilla no vienen a las montañas, los hijos de los ministros y senadores no vienen a las montañas, los hijos de los millonarios que se enriquecen en el poder a costa de la sangre de los soldados, no vienen a las montañas.  Por eso no podemos sentir odio contra los soldados, por eso a los prisioneros los hemos puesto en libertad después de cada combate, por eso los heridos han recibido de nuestras propias manos y de  nuestras escasas medicinas los primeros auxilios y actuamos así por encima del recuerdo de los compañeros asesinados en Ojo del Toro y en Niquero por Laurente y Cruz Vidal.  

Cuando cae un soldado delante de nuestros fusiles, más que satisfacción sentimos tristeza; nos duele que allí, frente a la cruz de nuestras mirillas telescópicas no estén los verdaderos culpables de esta situación, los que no vienen jamás a la Sierra, los senadores, los ministros, los politiqueros que envían a los soldados a la muerte mientras ellos permanecen en la Capital, sin saber lo que  es una montaña, ni un minuto de hambre, de sed y de frío.  ¡Ah!, ¡si los de la tiranía tuvieran el valor de venir a la Sierra!  ¡Qué les importa a ellos el soldado, hijo de una madre humilde, esposo de una mujer humilde, a quien la pobreza quizás lo obligó a enrolarse, caiga fulminado por una bala en el corazón de los bosques!  Duro es decirlo: en el combate de Palma Mocha los soldados fueron devorados por las auras;  la columna en  retirada no recogió sus muertos; a nosotros, dueños del campo, rodeados de adversarios caídos, la aviación no  impidió enterrarlos.  Todo, porque un grupo de hombres asaltó el poder hace cinco años y se niegan obstinadamente, tercamente, criminalmente a devolverle al país sus libertades y derechos. A cuanto soldado prisionero preguntamos acerca de su pensamiento político le oímos decir invariablemente: “nuestro mayor deseo es que esto se solucione”.  Y esa  respuesta la dan de corazón, sin coacción alguna, porque nosotros somos incapaces de maltratar a un prisionero.  Hemos deseado saber qué piensan los soldados, y lo sabemos no solo por lo que nos dicen a nosotros, sino por lo que expresan confidencialmente en cada casa campesina a donde llegan.

La Tiranía está pedida irremisiblemente desde el instante en que no solo los partidos políticos, las instituciones cívicas, el pueblo entero, sino también los soldados desean una solución nacional.

La tiranía está herida de muerte.  Lo que  ha tratado de ocultar con feroz censura o sabrá muy pronto todo el mundo. Vergüenza da abrir  un radio y escuchar noticias de los combates que ocurren en Argelia y que en cambio no se pueda decir una palabra de los combates por la libertad que se están librando en el propio suelo de la patria.  Pero, ¿podrá Batista seguir ocultando al país y al mundo lo que está ocurriendo en la Sierra Maestra?  De un instante a otro será publicada con fotografías la entrevista que nos hizo en pleno  corazón de la Sierra el editorialista del New York Times.  La Dictadura quedará en ridículo.  ¿Y cómo podrá justificar Batista ante el Ejército haber retirado las tropas de Niquero en un falso alarde de triunfo para tener que enviar ahora miles y miles de soldados a morir en la Sierra Maestra?  Han jugado criminalmente con la vida de los soldados, y después de esto, ¿establecerá las garantías o permanecerán suspendidas indefinidamente?  Porque nosotros, si es necesario estaremos diez años luchando en la Sierra Maestra.  ¿Estará el país diez años con censura para que no se conozca la verdad?  ¿Tiene otra salida esta situación que no sea la renuncia del Dictador? ¿Le queda otro camino a los partidos políticos que respaldar la revolución que ha demostrado ya durante ochenta días su fuerza combativa y su fuerza creciente?  ¿Perdonará la historia el crimen de cruzarse de brazos en esta hora decisiva de la patria?

A la prensa no se le permite expresarse, a las instituciones cívicas no se les permite reunirse, al ciudadano no se le permite votar, a los tribunales le sustraen a los esbirros  de sus manos, a los magistrados se  les amenaza con la supresión de la inamovilidad, a las madres les asesinan a los hijos en la sombra, a los soldados se les manda a morir inútilmente, al pueblo se le mata de hambre, de opresión y de injusticia.  ¿Qué esperamos?

La revolución no se detendrá.  Los  próximos días serán testigos de que ni la censura, ni la represión, ni terror, ni el crimen pueden hacer mella en la indomable voluntad de nuestro pueblo.  La lucha se intensificará con ritmo creciente en todos los rincones de Cuba.  Nada puede detener lo que está ya en el corazón y la conciencia de todos los cubanos.

El Movimiento Revolucionario 26 de Julio, lanza al país las siguientes  consignas:
1º) Intensificar la quema de cañas en toda la zona azucarera para privar a la tiranía de los ingresos con que paga a los soldados que envía ala muerte y compra los aviones y las bombas con que está asesinando a decenas de familias en la Sierra Maestra.  A los que invocan el sustento de los trabajadores para combatir esta medida, les preguntamos: ¿Por qué no defienden a los trabajadores cuando les arrebatan el diferencial azucarero, cuando les esquilman los salarios, cuando les desfalcan los retiros, cuando les pagan en vales y los matan de hambre durante ocho meses?  Los trabajadores azucareros deben desde mucho antes de comenzar la zafra, el jornal que van a devengar.  La revolución en el triunfo condonará esas deudas.  ¿Por quién estamos derramando nuestra sangre sino por  los pobres de Cuba? ¿Qué importa un poco de hambre hoy para conquistar el pan y la libertad de mañana?  A los timoratos que se escandalizan con esta consigna hay que decirles como Máximo Gómez: “¿Qué me viene usted a hablar de miserables hojas de cañas, cuando está corriendo tanta sangre?”
Y cuando se acabe la caña quemaremos algunas en los almacenes de los centrales y en los muelles de embarque.
Frente a la consigna de que  “sin azúcar no hay país” enarbolemos una consigna mucho más decorosa: “Sin libertad no hay país”.
2º) Sabotaje general de todos los servicios públicos y todas las vías de comunicación y transporte
3º) Ejecución sumaria y directa de los esbirros que torturan y asesinan a revolucionarios, de los políticos del régimen que con su empecinamiento y terquedad han llevado al país a esta situación y todo aquel que obstaculice la  culminación del Movimiento Revolucionario.
4º) Organización de la resistencia cívica en todas las ciudades de Cuba.
5º) Intensificación de la campaña económica para atender a los gastos crecientes del Movimiento.
6º) La Huelga General Revolucionaria como punto culminante y final de la lucha.


Fdo. En la Sierra Maestra
A los 20 días del mes de Febrero de 1957
Fidel Castro Ruz.

 

20/02/1957